20 de agosto de 2013

Angkor


Maldito Martini seco. Eran las 3:45 cuando sonó el despertador, más le valía al amanecer de Angkor ser algo que nos hiciera llorar durante tres días.

Mr. Lo nos esperaba en la puerta del hotel. Teníamos la posibilidad de que el conductor nos llevara de templo en templo pero ya desde hacía tiempo estábamos empecinados en hacerlo por libre pillando unas bicis, por aquello de parar cuando quieras y porque nos resultaba más divertido, a pesar de que cabía la posibilidad de ver menos cosas.

El caso es que para ganar tiempo, Bruce nos acercó al complejo y así pudimos pillar buen sitio ante la enorme cantidad de gente que se agolpa frente al templo para ver el amanecer. Para que se hagan una idea, al principio yo creo que éramos unos 10 como mucho, en total oscuridad, pero al cabo de media hora allí habían cientos de personas.
Por cierto, muy recomendable llevar linterna o en su defecto la aplicación que la suple en smartphones, porque hay que caminar la pasarela de piedra antes de llegar al estanque donde se refleja Angkor y no se ve un pijo.

Una vez posicionados, con el 10-22 preparado para echar humo y un café por 1 dólar que me trajo un tipo que nos ofreció bebidas allí mismo (yo creo que le pido un martini y me lo trae), empezó el espectáculo.
No sé qué decir, es equiparable a lugares indescriptibles como el Taj Mahal o Miyajima. Son sitios pensados para la grandeza, para que el ser humano se sienta tremendamente pequeño ante esa belleza pero a la vez tremendamente orgulloso de haber construido algo así.
Las estrellas todavía en el cielo, las nubes diseminadas con tonalidades rojizas y una creciente luz que quedaba justo detrás del complejo jemer, oscureciéndolo para que quede en las sombras mientras los colores posteriores toman todo el protagonismo, para llorar, una escena que jamás se puede olvidar y probablemente la justificación que por sí sóla hace que merezca la pena viajar tan lejos.

Tras...muchas, pero muchas fotos, decidimos regresar para pillar las bicis y comenzar la rutilla para visitar al menos 3 de los principales templos, Angkor, que prácticamente lo vimos el día anterior, Bayon y Ta Prohm.
El alquiler de bicis suele ir entre el dólar y los 5 dólares, en función del tipo que escojas.

Sobre el tema de las bicis. La experiencia es cojonuda, ya que te da absoluta libertad para meterte campo a través y llegar a algunas estructuras que en tuk-tuk pues tienes que aparcar, caminar, volver, etc. Con la bici puedes ir tranquilamente atravesando carreteras secundarias, ver el lugar y regresar libremente además de ser una actividad divertida y barata de no querer contratar un conductor privado.

Pero también tiene sus inconvenientes, y es que Camboya, bajo mi punto de vista, es un lugar hostil para con el ser humano en cuanto a que no hay que olvidar que nos encontramos en la puta selva, y en la selva hay infinidad de alimañas desde arañas como puños, pasando por serpientes, hormigas de las que pican seriamente...es decir, parece muy idílico ir con la bici y pensar que puedes dejarla tirada en cualquier sitio y sentarte a comerte un sandwich. Puedes hacerlo, pero es posible que tengas que inspeccionar el terreno, y aunque lo hagas, es más que probable que luego viajes con amigos.
No es que sea algo excesivamente grave, nosotros lo hicimos y aquí estamos, pero no vimos a nadie que iba en bici descansando a la sombra de un árbol ni nada parecido, y una vez comprobado el lugar, no nos extraña demasiado.

En cualquier caso, las carreteras están muy bien, vas encontrando estructuras en mitad de la nada en las que puedes pararte, inspeccionar, tomar alguna bebida fresca...eso sí, la humedad y el calor se hacen notar bastante, importante llevar gorra, ropa ligera y no dejar de hidratarse.

Dejando a un lado el transporte, seguimos hacia el templo de Bayon, famoso por contener 216 caras talladas en su estructura.
Como Angkor Wat, el lugar dispone de un pequeño estanque antes de entrar, fotográficamente hablando ese “extra” resulta fantástico, ya que el efecto de ver reflejado en el agua el templo es cojonudo.
El lugar es más pequeño de lo que imaginaba, lo que sumado al gentío que se agolpa para visitarlo resulta un poco “circo”, de todas formas, como la mayoría de lugares por aquí, posee varias capas desde su parte central hacia el exterior, con lo que normalmente en su capa externa se puede visualizar todo con cierta calma y soledad.

Seguimos de ruta por las carreteras, parando en algunas estructuras desperdigadas por la selva, atravesando praderas de arroz, algún que otro lago...el lugar ciertamente es para perderse.

Finalmente llegamos al templo de Ta Prohn, famoso porque su estructura es atravesada por enormes raíces. Personalmente, después del exterior de Angkor Wat, Prohn es el lugar que más me gustó de los visitados.
Recuerdo que leí algo que me gustó mucho sobre el tema, indicaba que este templo es el resultado de una lucha encarnizada entre la naturaleza y el ser humano, y no puedo estar más de acuerdo, ya que primero estaba la selva, luego se construyó sobre ella para terminar enzarzados en una lucha eterna. Creo que resulta poético y bello a la vez y el lugar, a pesar del maldito gentío, consigue que tengamos esa sensación.
Las raíces son de un tamaño descomunal y de cerca incluso parece hueso, atravesando las estructuras e incluso deborando algunas. Fantástico el sitio.

Con el circuito básico completado, “carreteamos” por la zona entrando en algunos sitios que se salían de las rutas principales, con algunos templos sobre pequeñas colinas, estructuras medio derruidas u ocultas tras una arboleda...y finalmente sobre las 15 horas y un “poco” agotados decidimos volver a Siem Reap y dejar las bicicletas para relajarnos en el hotel lo que quedaba del día. Barajamos la posibilidad de volver a ver el atardecer, pero todavía quedaban sus buenas 3 horas para ese momento y al haber estado ya el día anterior, pensamos que sería mejor descansar después de pasear un poco por la zona.

En Siem hay bastante oferta de restaurantes, se puede comer por 1 o 2 dólares en muchos puestos o te puedes meter en algún lugar en el que por poco más de 15 o 20 dólares salgas bastante redondo. Lo podemos confirmar ya que nos metimos en un sitio que tenía estos precios y como te flipes no te lo acabas. Claro que con el hambre después de estar desde el amanecer hasta el medio día dándole a la bici dimos buena cuenta del banquete.

Ya en el hotel descansamos, piscina y por la noche copa y cielo estrellado. Al día siguiente entraríamos finalmente en Vietnam, tres días, tres países, no está mal.


Un saludo!

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