7 de agosto de 2017

Dunkerque

Ambientada en 1940 en plena Segunda Guerra Mundial, el director de El caballero oscuro recrea un momento histórico sucedido en las playas de Dunkerque, Francia, durante la ocupación alemana del país galo.


Para más información, se puede recurrir a Wikipedia o páginas de historia donde se cuentan las vicisitudes de la contienda, y varias teorías que intentan arrojar cierta luz sobre los motivos que llevaron al ejército alemán a "permitir" lo ocurrido.

En esta ocasión, Nolan se aleja del cine fantástico para realizar un experimento sensorial más cercano al cine de Kubrick que al de los grandes Blockbusters, con un resultado desigual.

No hace mucho, el director comentaba que estuvo a punto de no utilizar guión para contar la historia, pues su idea principal es la de transmitir sensaciones a base de una sucesión de cañonazos en forma de frenesí audiovisual y no le acababa de ver el sentido a utilizar esas escuetas 76 páginas.
Esto se traduce en poco más de 100 minutos durante los cuales nos sentiremos desorientados, exhaustos, acobardados, furiosos...
Lo primero que llama la atención en este tipo de cintas bélicas es su duración, pero es que bajo mi punto de vista, soportar mucho más al ritmo que imprime el director y su compositor puede resultar hasta perjudicial.

Y aquí entramos en los puntos negros de la cinta, su experimento puede ser aplaudido por unos y sencillamente agobiante para otros.

Dunkerque no sigue un hilo argumental 100% lineal, en esta ocasión se emplean distintas elipsis para mostrar un suceso desde varios puntos de vista; un pequeño pesquero, un aviador, la infantería en tierra...todo ello levemente salpicado por alguna explicación fugaz de los mandos militares que nos ponen en situación.
A partir de aquí construye una serie de sucesos que reflejan las distintas emociones que sintieron los protagonistas, desde hundimientos, muertes, bombardeos, suicidios...

Pero todo ello se muestra con un ritmo tremendamente cansino, repetitivo, machacón y ciertamente frío, quizás a propósito, pero que únicamente pide a gritos terminar para que el bueno de Hans Zimmer deje de acuchillar vinilos y de atormentarnos más con el sonido que con lo que vemos, porque lo que se ve, a pesar del horror que supuso, no sorprende ni transmite apenas nada sin ese martilleo sonoro.
Esto no quita, en cualquier caso, que el trabajo realizado en lo relativo a efectos sonoros sea sencillamente abrumador.

Y finalmente se llega a esos 15 últimos minutos donde converge la historia para mostrar alguna que (más que probable) licencia histórica mientras florece la poca emotividad que el director ha querido liberar para el espectador.

Un saludo.