10 de octubre de 2016

Un monstruo viene a verme

Tras el pepinazo taquillero que supuso Lo imposible, Juan Antonio Bayona regresa a ese mundo de tramas paterno-filiales esta vez ambientando el drama en una Inglaterra gris y fría, en el que una madre enferma vive con su hijo en una solitaria casa.

Connor es un chaval que sufre bullying en el colegio, que tiene que lidiar con la grave enfermedad de su madre, con una relación difícil con su abuela y, en definitiva, a madurar antes de tiempo.


El pequeño, interpretado por un magnífico Lewis MacDougall, es el epicentro de este drama con tintes fantásticos que pretende ahondar en el subconsciente del protagonista a medida que se enfrenta a todos sus problemas. 
Esta situación provoca la aparición de una suerte de "Bárbol" como si de un Ent del Señor de los Anillos se tratase, que irrumpe en el imaginario del chaval para contarle tres enigmáticas historias...

Bayona construye de esta forma un sencillo pero sólido puzzle en el que tendrá cabida determinados traumas así como un emotivo relato que traspasa la sensibilidad del espectador para mostrar en definitiva una simple historia de amor, madurez e infancia interrumpida de una familia cualquiera.
Todo ello envuelto en cierto halo de fantasía muy bien contenida, alejada en cierta medida de otros productos algo más fantásticos como el Laberinto del Fauno de Guillermo del Toro, pero con una fuerza visual atronadora cuando es requerida.

Es cierto que el mensaje, la moraleja central, está bastante clara desde los primeros compases, desde que conocemos esas historias en forma de acuarelas tan visuales y preciosistas, desde que discernimos por dónde van los tiros del monstruo y sobre todo desde que somos conscientes de la vida que lleva Connor
Pero este aspecto no le resta, bajo mi punto de vista, una bonita estructura que pretende trazar una línea muy bien definida desde su concepción hasta la meta final, atravesando todos y cada uno de sus personajes, cuya función es esencial para comprender el viaje, ya sean reales o imaginarios.
Y el resultado es sincero, a pesar de su epílogo en el que vuelven a repetir el mensaje para los despistados.

Pero el bien está hecho, y creo que ni las partituras lacrimógenas consiguen empañar un buen trabajo en general, algo redundante y quizás falto de ritmo en algún punto, pero sólido y bello, porque a pesar de ser un drama tan punzantemente doloroso, hay que ser duro como una roca para no sentirse conmovido.

Un saludo.